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domingo, 2 de junio de 2013

Carlos Mesa asume uno de sus temas favoritos. la autonomía. en toda su complejidad, su pasado y especialmente su futuro en las pautas político pluralistas que se deberían abordar con profundidad y en la descentralización efectiva

La autonomía puede garantizar mejor práctica política y más pluralismo? Definitivamente sí, por la simple y sencilla razón de que el poder baja a la base de la sociedad, llega a la calle. El problema está en que el actual Gobierno carga las autonomías como algo inevitable, no como algo esencial, por eso las autonomías no funcionan
Las autonomías plenas –lo sabemos– no funcionan a plenitud en Bolivia ¿por qué?  porque el Gobierno al que le tocó ejecutar el proyecto autonómico reivindicado históricamente desde el siglo XIX e impulsado a partir de 2003, no contemplaba en su concepción un modelo autonómico global, ya que por su naturaleza creía en el centralismo (inspirado en el “centralismo democrático” de origen marxista). El modelo estatal de la nueva Constitución sigue teniendo como referencia el proceso de 1952. Su objetivo, el control total del poder para llevar adelante transformaciones de largo plazo que una vez conseguidas se mantengan por largo tiempo. Esto implica la concentración del poder y modalidades heterodoxas de ejercicio democrático que garanticen una reproducción indefinida en el mando por quienes lo ejercen hoy.
Para hacer una evaluación del efecto de las autonomías sobre el proceso democrático y el pluralismo político hay que hacer una consideración de carácter teórico.
Desde la perspectiva conceptual está claro que las autonomías marcan un camino de descentralización en casi todos los sentidos y en lo político implican la recuperación de lo democrático de forma plena, ya que establecen la participación política desde la base del entramado de la sociedad, el municipio. El ciudadano está más cerca de aquel a quien elige, conoce directamente a su mandante. El municipio que en el caso de Bolivia y de acuerdo a las nuevas normas debe estar conformado por un mínimo de 10.000 habitantes, es un espacio en el que es posible el contacto directo, la fiscalización y el conocimiento de la gestión de las autoridades. La democracia y su ejercicio son palpables. La construcción a partir de ese núcleo inicial en escalones que pasan por la región, el departamento y el Gobierno nacional, llenan ese entramado que en el pasado tenía un gran vacío que comenzó a llenarse recién en 1994, 170 años después de la independencia y completado a partir de 2003.
Más descentralización es por definición más democracia, es la posibilidad de un camino de ida y vuelta en el que los mecanismos de elección, decisión y participación son más frecuentes, es la construcción de un andamiaje en el que las labores ejecutivas y legislativas tienen estadios intermedios que permiten una práctica desde la base de la sociedad. Aun asumiendo los riesgos reales de una superposición de funciones, la duplicación o triplicación de mecanismos ejecutivos y legislativos, la expansión inevitable de gastos desmesurados en burocracia que conlleva una peligrosa ampliación de la planilla de funcionarios, el objetivo de acercar el poder a la gente es una compensación que supone un saldo positivo en la relación costo beneficio de este proceso.
En cuanto al pluralismo político, también desde el punto de vista teórico, se abre un nuevo espacio, la posibilidad, o más que eso, le necesidad de dos caminos nuevos. El primero, que los partidos nacionales rediseñen su propia estructura casi siempre concebida en América Latina desde la perspectiva leninista, cambiándola por otra que vaya hacia una nueva dimensión en redes, horizontal y democrática y en lo específico también a una obligatoria descentralización y autogestión por regiones, que sea capaz de responder a nuevos desafíos, nuevas estructuras jurídico-políticas y sobre todo a demandas específicas mucho más concretas y menos abstractas, referidas a los grandes principios teóricos que suelen ser las bases programáticas de los partidos nacionales.
La segunda innovación es la necesidad de crear partidos regionales o partidos locales, cuyo interés sea participar en la gestión de gobierno de un espacio determinado dentro de la nación y que no tengan como meta su participación nacional. Esta nueva estructura “democratiza” el pluralismo político, lo hace más real, multiplica las opciones ciudadanas y establece nuevos niveles de competencia electoral y de propuestas en áreas locales y regionales más tangibles y de interés directo de la gente.
¿La autonomía puede garantizar mejor práctica política y más pluralismo? Definitivamente sí, por la simple y sencilla razón de que el poder baja a la base de la sociedad, llega a la calle, no en el sentido de los “movimientos sociales” dueños de ella en una lógica más bien perversa en su práctica en Bolivia, sino a la calle porque el ciudadano puede constatar de manera directa el efecto de su participación política a través de los mecanismos democráticos que le otorga la Constitución que contempla una secuencia de derechos adicionales al del voto que amplían la participación ciudadana real.
El problema está en que el actual Gobierno carga las autonomías como algo inevitable, no como algo esencial, por eso las autonomías no funcionan.

El autor fue Presidente de la República
http://carlosdmesa.com/  
Twitter: @carlosdmesag