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jueves, 24 de marzo de 2016

nadie sabe cómo parar la vorágine desatada. Paris y Bruselas víctimas del mismo ardid satánico. muerte y destrucción, la lógica perversa del EI, que no es Estado ni es nada, es provocar miedo y parálisis y obligar a las naciones a sus caprichos...extremo peligro en todas las ciudades.

Al parecer, nadie sabe cómo detener la marcha hacia el abismo. Y aunque la peor de las posibilidades sería aceptar los términos del desafío, eso es lo que está ocurriendo con el avance de los fanatismos
Hace algo más de cuatro meses, cuando en la noche del 13 de noviembre de 2015 una serie de explosiones desencadenó el terror en París, quedó claro que no estábamos ante uno más de los muchos atentados terroristas que esporádicamente se produjeron en ciudades europeas sino ante una verdadera declaración de guerra que marcaría el fin de una época y el inicio de otra en la historia contemporánea del mundo. Con ese antecedente, los ataques sufridos por Bruselas el pasado martes no hacen más que dar la razón a quienes ven el curso de los acontecimientos con una mirada pesimista.
No podría ser de otra manera, pues es tan directa y evidente la relación entre los ataques de París y los de Bruselas que se trata de dos episodios de una misma historia. Dos batallas de una misma guerra en la que se confirma que el terror es el principal instrumento de guerra del Estado Islámico (EI) y el estupor la mayor debilidad de los que no atinan a defenderse, todos los Estados europeos.
El estupor, en este caso, no puede ser atribuido a lo sorpresivo de los acontecimientos. Y no lo es porque si en algo coincidieron de manera unánime quienes intentan comprender la perversa lógica del EI, en noviembre pasado, fue en prever que Bruselas se perfilaba como el más probable escenario de los próximos atentados. Y lo era, como los hechos lo confirmaron, porque esa ciudad, al ser sede administrativa de la Unión Europea, tiene un valor simbólico de máxima importancia para quienes quieren dar al mundo un mensaje sobre la real magnitud de sus intenciones bélicas.
Muy ligado a ese nuevo escenario internacional, en su doble condición de causa y consecuencia a la vez, está la crisis demográfica, con su secuela política, económica, social y cultural que está siendo desencadenada por las olas de millones de personas que se vuelcan sobre las fronteras europeas para huir de las matanzas que están produciéndose en muchos países del mundo islámico como consecuencia del avance del fanatismo religioso. Son personas, musulmanas en su gran mayoría, que ninguna culpa tienen ni desean involucrarse en las luchas de las que son víctimas y que se resisten a tener que elegir entre su aniquilación física o la cultural.
Una de las descripciones más sucintas, cabales y precisas que se han hecho sobre lo que eso significa es la que hizo en julio pasado el papa Francisco, durante su visita a Bolivia, cuando por primera vez se refirió al curso de los acontecimientos del mundo como “una Tercera Guerra Mundial en cuotas en la que hay una especie de genocidio en marcha que debe cesar”.
Ahora, cuando ya está fuera de duda que es esa y no otra la real dimensión de los hechos, la pregunta para la que nadie tiene respuesta se refiere a la manera de detener la marcha hacia el abismo. Y aunque nadie sabe lo que se debe y puede hacer, por lo menos tendría que saberse con claridad que no se puede ni se debe aceptar los términos del desafío. Desgraciadamente, eso es exactamente lo que al parecer está ocurriendo con el inusitado avance, en Europa y en Estados Unidos, de los fanatismos que se constituyen en la contraparte ideal para quienes se han propuesto imponer al mundo sus términos de terror.