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miércoles, 28 de mayo de 2008

érika brockmann en forma acertada y perspicaz se pronuncia sobre lo sucedido en Sucre

Al igual que otros hechos, lo ocurrido en Sucre en vísperas de sus efemérides es gravísimo y censurable. Son reflejo de las fisuras y heridas nacionales a las que se les hecha sal. No me sumo a la grandilocuencia del gobierno experto etiquetador que calificó a la jornada como el día de la "vergüenza nacional". ¡Bueno para un nuevo spot publicitario! Más bien pregunto: ¿acaso un rosario no es suficiente para contabilizar los días de vergüenza nacional marcados por violencia e intolerancia? Huanuni, Yungas de Vandiola, Cochabamba 11 de enero, minas Himalaya, Chacarilla y otras, Madidi, San Julián, Liceo Militar, golpiza a parlamentarias, además de los antecedentes de Ayo Ayo, violencia contra concejalas, chicotazos a chóferes, linchamientos, hombres humillados vestidos con polleras, etc. etc. Es ésta la cadena de eventos reflejo de autoritarismo, "usos y costumbres urbanos y rurales", convertidos en hechos políticos. Los portavoces del gobierno, élites políticas, sindicales y cívicas debieran obligarse a romper con el círculo perverso de la ligera instrumentalización política de estos temas. Para colmo, no hay condiciones para ello. La desatinada decisión de convocar a un referéndum revocatorio, junto a otros, posterga soluciones exacerbando inevitablemente la polarización al calor de la excitación electoral envalentonada. Dicho esto, centro mi preocupación en el protagonismo de la juventud en estos censurables eventos. El rostro de la juventud comienza a ocupar el cuadrilátero de la "guerra de posiciones". Jóvenes, campesinos, citadinos, universitarios inician su accionar político en las peores condiciones para cultivar valores y practicas democráticas. Pasó el tiempo de la juventud desmovilizada e indiferente de la década de los 90. Esta preocupación me invade desde el fatídico 11 de enero del 2007 en Cochabamba. Pocos jóvenes reflexionaron sobre la violencia y agresión desatada. Los demonios de la condición humana los dominaron. Algunos señalaban haberse frenado para no llegar a mayores. La muerte de Christian Urresti en manos de una turba enardecida y la de un campesino abonaron el camino de sentimientos de venganza y más violencia. En el trópico de Cochabamba una generación creció en medio de la violencia y modelos de liderazgo cultores del enfrentamiento. En el caso de La Paz, los diversos grupos de jóvenes no siempre son proclives a la violencia, hay los más y los menos pacifistas, pero los unionistas en Santa Cruz no dudan en practicarla. Los jóvenes de Sucre son discípulos de las corrientes que reducen la política a la movilización callejera y cobarde, hoy deformada por tanto desatino. La política en las calles, ensalzada por el discurso oficial, por encima de la ley y de mecanismos democráticos de resolución de conflictos, propicia la transformación del pandillismo juvenil en pandillismo político. Amenazante, preámbulo fascistoide. Se instrumenta "lo indígena y racial" de manera grosera. Lo ocurrido en Sucre no es racismo en sentido estricto, los rasgos físicos ni el color de piel diferenciaban a humilladores e humillados. La simplificación y arengas en torno al facilismo de lo racial ocultan el problema principal, atiza resentimientos y comienza a desnudar la manipulación de los campesinos y de lo indígena en medio del campeonato de falta de cordura política. Los jóvenes de hoy son los hijos de las "guerras del agua", "guerras del gas", "guerras por la dignidad". Lenguaje guerrerista y de "lógicas macho" antidemocráticas. Luego de 25 años de construcción democrática, esta descomposición me interpela como boliviana, demócrata y política. Presidente: si pedir perdón es suficiente para comenzar a alejarnos del abismo, hagámoslo. Y sin complejos.