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lunes, 21 de noviembre de 2011

dos meses han pasado de la pateadura que recibieron los indígenas en medio de una brutal represión policías. investiguen fue el clamor popular. sin embargo hasta hoy "no aparece el culpable principal" por ello Harold Olmos plantea una simple pregunta: QUIÉN?


La pelota rebota de un lado a otro y nadie quiere agarrarla. Estamos cerca del segundo mes del asalto policial sobre los marchistas del Tipnis y nadie asume la responsabilidad de haberlo ordenado. Saber oficialmente quién dio la orden para intervenir la marcha y tratar de desarticularla a palazos, llevando presos a decenas de marchistas, se ha vuelto una adivinanza cuya respuesta todos parecen conocer, pero nadie en las altas esferas se atreve a decirla. Las únicas versiones oficiales sobre la cadena que llevó a la represión están nebulosas. Es como si Obama callase sobre quién ordenó la operación que acabó con la vida de Bin Laden o si el presidente Chávez asegurase que él nada tuvo que ver con el levantamiento militar de febrero de 1992. Sin embargo, ya han sido apuntados el jefe policial responsable de ejecutar la operación, el subcomandante Óscar Muñoz, y los ‘mandos medios’, acusados de “cometer excesos”. La culpa, entonces, está, hasta ahora, en el ex subcomandante (relevado tras ser divulgadas las imágenes del apaleamiento) y en esos mandos medios cuyas identidades son también secretas. La instrucción original, de donde partió la luz verde para la operación, es el secreto oficial del año.
El exviceministro de Régimen Interior Marcos Farfán, también destituido, ha dicho que la ejecución correspondió al general Muñoz y que la orden “vino de La Paz”. La exautoridad se queda corta y vaga, pues no termina la frase. La Paz tiene un millón de habitantes. ¿Cuál de ellos dio la orden? ¿La ciudad entera que días después se volcó a dar la bienvenida a los marchistas? Ahora tampoco se acepta un careo entre Farfán y el exministro Sacha Llorenti, también arrasado por la crisis derivada del apaleamiento. El vicepresidente García Linera dijo que lo sabía y pidió no impacientarse al periodista que hacía la pregunta, pues pronto la identidad del o de los mandantes no sería un secreto.
Justa Cabrera, la dirigente guaraní, lo dijo con voz clara y alta hace dos semanas, que muy pocos no habrán escuchado: el presidente de la República (si verbalmente o por memorándum, no interesa). En una entrevista, me aseguró que se lo había dicho sin pelos en la lengua el mismo día de la represión un senador indígena del MAS, cuando ambos coincidían en un programa de la TV en Cochabamba. Y que lo mismo lo había dicho a varios medios de informativos, pero que el presidente no leía periódicos ni escuchaba la radio o la TV. La información que recibió Justa Cabrera no decía nada extraordinario. Una operación de esa magnitud no podría haber sido lanzada si no la ordenaba la máxima autoridad en cualquier lugar del mundo. El presidente, sin embargo, no ha salido al frente para decirlo al país. ¿Por qué? Las victorias tienen muchos padres. Las derrotas son huérfanas. Y la intervención del Tipnis se convirtió en una derrota amarga que arrasó con el “quieran o no quieran”. Pretender revertir esa derrota es jugar con fuego.
El tema lo verán con más cuidado los historiadores. Como otros observadores, creo que el presidente Morales tendrá muchas dificultades para eludir su responsabilidad sobre lo acontecido, que marca el punto más bajo de su administración. Presenciamos los estertores de una ruptura entre el Gobierno y los movimientos indígenas de todo el nororiente, el sector de nativos que con sus marchas de la década de los 90 pavimentó la ruta para la llegada del actual Gobierno al poder.

* Periodista,
http://haroldolmos.wordpress.com