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martes, 13 de diciembre de 2011

Oprobio a la Gobernación, titula el laureado Claudio Ferrufino su último artículo referido al pueblo que va sintiendo cansancio del liderazgo de EM y de un gobernador y alcalde que piden destruir llano y monte...muy duro aunque necesario

El mundo del poder sería divertido de no ser trágico. Piruetas despóticas de líderes aquí y allá han dejado, y lo siguen, legados dolorosos, sangrientos, en la historia de los pueblos. La prensa de hoy reza que Cristina Fernández juró a la presidencia argentina por Dios y por Kirchner. Bastó a aquel individuo sobre quien se centraron tantas esperanzas, morirse para de la tumba a la realidad pasar a convertirse en San Tuerto, dorado por la santidad de sus millones. Y así continúan las historias de marxistas a quienes el cáncer pone de rodillas besando pies de vírgenes y santurros, ídolos y africanos demonios ancestrales.
Bolivia carga la distinción de bizarría absoluta en tal sentido, y de milagro no tenemos en los billetes la efigie de un Holofernes con birrete y sable en anca como fundador, de la mano de cierta Pachamama con reminiscencias de los imberbes caudillos aymaras de quienes es muy difícil, a simple vista, encontrar el género por falta de vello y de contornos diferenciales.
El conflicto del, o por el, TIPNIS, ha demostrado que a pesar de votaciones sustanciosas a su favor, la gente se va cansando del liderazgo de Evo Morales. Peor luego de haber firmado un documento presidencial parando el desastroso proyecto caminero, para, con malas artes, intentar ahora revertirlo. La rúbrica del presidente no vale nada, no sirve para nada, y la duda habita en el limbo de si el mandatario es cobarde, vil, o simplemente pelele de intereses delincuentes a simple vista y de otros mayores y tenebrosos en la sombra.
Su eminencia sintióse abandonado en la derrota. No era posible que indios descalzos denigraran su púrpura impoluta. Había que vengarse y para ello recurrió a cualquier medio que lo “obligara” de nuevo a recular. Iracundo, ocultando su verdadero rostro al mundo que alguna vez le creyó la ficción de ser líder popular y ambientalista, comenzó a mover hilos que no solo salvaran su imagen sino el metálico que está en juego, y que debe ser jugoso. De allí sale la manifestación pro carretera y futura marcha de la gobernación y municipio cochabambinos en favor del crimen.
Con febles declaraciones gobernador y alcalde, elementos de escasas luces políticas y perfil de acentuado cholaje en términos arguedianos, reivindicaron la necesidad de destruir llano y monte en nombre del progreso, sin criterios que sustenten científicamente el porqué; simplemente para congraciarse con el amo de palacio, enojado todavía por la humillación que le impusieron los “Tipnis” y los valerosos pueblos del Beni y de La Paz, desaire que encerró a la cúpula en pleno, en el Quemado, el día del arribo de la marcha, porque por las calles corrían apresurados los fantasmas de 1946, que aún no se han retirado a descansar. Esas ventanas cerradas, la protección policial han mostrado a ese ser abstracto que se dice pueblo que hay miedo en las nubes del poder.
Amenazan con marcha por la construcción del camino atravesando el parque nacional y territorio indígena, soñando quizá que alcance la épica de la anterior y contraria. Nada obligatorio funciona igual a lo espontáneo y aunque muevan recuas sin fin por los caminos no podrán emular la odisea de los nativos del Isiboro-Sécure.
Tal vez los mandamases del departamento y ciudad de Cochabamba reciban las caricias de su jefe. Las mascotas se alegran con terrones de azúcar; los caniches mueven el semidesnudo rabo, y las voluminosas orcas dan felices giros cuando les tiran un pescado.
Lo que suele ser triste en estas historias de seres domesticados, es que llega un momento en que el vaso se rebasa y la inundación del agua sobrante avanza sin premeditación y con peligro. Y no importa ya mucho, a tiempo de producirse el episodio, lo que resulte. El resultado puede ser dramático.