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jueves, 9 de abril de 2015

valorar una tras otra las palabras de este valioso texto de Fernando Prado Salmón. no ya la condena al inútil derroche de Evo, sino "al cambio de Palacio"al precio de 33 millones de dólares. pretensiones y caprichos como el reactor atómico que Evo pretende construir contra "viento y marea. un extremo inaceptable.

No vamos a insistir en los conocidos derroches como el inútil satélite que no saca ni fotos, las barcazas chinas pagadas, pero que nunca llegaron; el avión de $us 30 millones que cuesta como tres grandes aviones de línea; un aeropuerto de 4.000 m entre dos aeropuertos internacionales a solo 250 km de distancia, lujo que se dan solo los Emiratos Árabes; los $us 240 millones para un teleférico que solo cubre el 5% de la demanda, un millonario ferrocarril para sacar productos de una planta construida donde no había ni materia prima ni transporte ni mercado para su producto petroquímico; los $us 750 millones para una sola vía de tranvías para Santa Cruz, etc. Lo que alertamos es que estamos pasando de los derroches obscenos a los derroches peligrosos.
Al presidente se le ocurrió cambiar de palacio, porque, según explicó textualmente, “no le gustaban las decoraciones internas, pues eran muy coloniales”, y cuando pidió cambiarlas, le dijeron que no se podía porque eran patrimonio histórico, así que decidió construir su propio palacio patrimonial, que sea símbolo de su poder, creando su propia arquitectura, como lo ha hecho la burguesía aimara de El Alto, que tiene sus palacios de estilo propio, entre art decó, tiwanakota y posmoderno. El suyo, de $us 33 millones, parece que será un mixto de neoliberal, ‘hightec’, posmoderno e indigenista. No importa si para construir su palacio debe pisotear la planificación urbana paceña y su centro histórico, con una ley ‘trucha’ que pisotea una competencia privativa municipal, demoliendo una edificación patrimonial del siglo XIX y congestionando brutalmente el centro, en vez de contribuir a las políticas de desconcentración sacando oficinas del centro histórico, que debe destinarse a la cultura, el turismo, los servicios y la vivienda.
Pero cuando del derroche pasamos al peligro es cuando no sabemos a quién, en una noche de delirio, se le ocurre comprar nada menos que un reactor atómico, sin saber bien ni siquiera para qué. ¿Qué complejos, qué frustraciones, qué fantasmas se incuban en los que toman estas decisiones? ¿Será posible que esos complejos no encuentren ya ningún freno? Mientras Alemania, Japón, Italia y muchos otros países serios están haciendo esfuerzos enormes por cerrar sus plantas después de los desastres de Chernobyl y Fukushima, aquí se pretende traer la muerte radiactiva a un país que, por suerte (y porque tiene otras fuentes de energía), hasta ahora se ha mantenido sabiamente alejada de esos aparatos de muerte masiva.
Este es ya un país cuyo destino se juega cada día según las ocurrencias y los humores de un grupo que no tiene freno alguno para sus pretensiones y caprichos. De planificar ya ni se habla.