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miércoles, 26 de agosto de 2015


Claudio Ferrufino con lenguaje lacerante, directo describe "el porno de perros callejeros" en plena ciudad y cuando espera atención médica para los suyos. lacerante, porque el cuadro es el mismo de medio siglo antes. qué ha cambiado en Cochabamba? carencias y atraso observa el visitante con pesar y angustia.


Cochabamba, agosto 2015. Espero afuera de un hospital. Nueve perros, incluido un cojo, blanco y enano, persiguen a una hembra en celo. Finalmente uno conquista el cetro y termina “colado”, arrastrando a la perra en su desesperación de despegarse. Los transeúntes, como cincuenta años atrás, se paran y profieren insultos, qué barbaridad, cochinos, Jesús mío. La vendedora de refrescos que tiene un puesto en la entrada de emergencias agarra un balde repetidas veces y moja a los pobres animales para los cuales el placer se ha convertido en tortura. Cincuenta años atrás los golpeaban con palos, a veces hasta matarlos. No sé si no había garrote a mano o los aires de potencia mundial que predica el idiota de García Linera han hecho efecto y ya se deshizo de mangos de escoba aunque no de perros vagabundos.
Eludo a los canes y entro a la sala de emergencias a ver si ya terminaron mis hermanas. Lo último que veo del grupo canino porno es que mientras el primero continúa anexado al sexo, otro, de color parduzco, se mueve con frenesí agarrando y violentando la cabeza de la hembra. Espectáculo. La iluminación de este centro de salud deprime. El ahorro de electricidad utilizando focos de mínimo voltaje es lugar boliviano común. No mucho por decir del despilfarro que usualmente tienen los ricos. Vale indicar que la calle no era pavimentada, o si lo fue, los vecinos secuestraron las baldosas y solo queda polvo, polvo como harina que los zapatos meten al hospital, entre heces fecales y orines apresurados.
Elena, con bozal por el resfrío, cuenta que quisieron vendérselo, a pesar de ella ser asegurada, y que a duras penas se lo dieron para cubrirse la boca. Pero, resulta que para recibir la inyección de cortisona ella debía ir a una farmacia para comprarse el disolvente con calmante porque ellos no tenían. Bueno, se hizo. Mientras tanto recibí un llamado prostático y penetré a un maloliente recinto consignado con el nombre genérico de baño. Construcción de varios pisos, se dice que este hospital da abasto para setenta mil estudiantes asegurados. El “baño” tenía un inodoro y un urinal. Este estaba adosado a la pared a posiblemente un metro diez de altura, lo cual dificultó la acción que tuvo que realizarse de puntillas. Yo, con metro setenta y dos, me considero relativamente alto para un pueblo de gente pequeña. Me pregunté cómo haría la media de los visitantes para mear con tranquilidad en un objeto situado tan alto. Busqué con la mirada un banco, un ladrillo, un tronco que respondieran y no los hallé. Recordé que los que difunden generalidades afirman que los indoamericanos, al igual que los japoneses, carecen de miembro masculino largo, lo que ponía a los usuarios en incluso más dramática posición. Supongo que ese gran resto de petisos simplemente orinaba afuera del recinto, lo que es tradición antigua, mísera y nacional (hoy plurinacional) de nuestro país. Satélites, sí; teleféricos; usinas nucleares y etcéteras que difunde este par de maníacos desgarrados e imberbes, pero no baños públicos. La gente caga en las calles ni siquiera con gran sigilo pero pronto estaremos caminando por Marte para ampliar el espacio de recreación escatológica en el universo.

Finalmente, porque tengo que anotar un acontecimiento más para completar el número de caracteres, me veo sentado en el micro de la línea D, casi vacío a esta hora de la mañana. En cierta esquina, un muchacho voluminoso y de gran peso, levanta el brazo para hacer detener el colectivo. El chofer lo ignora y sigue de largo. ¿Por qué no paró?, pregunto. Porque esta gente gorda, responde, solo arruina los asientos y cuesta plata repararlos. Banderitas azules del MAS decoran los grafitis. A un rostro de Morales, “el Evo”, alguien le dibujó un pene con inmensos testículos justo en los labios. Si era alegato político o insulto a su sexualidad no lo sé. Registro lo que veo y ahora sí estoy seguro que los átomos, la luna y las estrellas están más lejos que nunca de nosotros.
El Día – Santa Cruz