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miércoles, 2 de mayo de 2007

Análisis de 10 meses de gestión de E.Morales

Segunda parte de cuatro. Presentado en la Fundación Konrad Adenauer de Alemania.
A diferencia de lo que afirma el gobierno de Morales Ayma, que se mira a si mismo como el inicio de una nueva etapa en la historia de Bolivia, de los andes o —como ellos mismos suelen repetir con regocijo— como un aporte innovador a la política universal, porque incorpora espectaculares condiciones intrínsecas para abrir una nueva era de igualdad, reciprocidad y complementariedad, en contra del capitalismo salvaje e inhumano de la globalización; yo prefiero verlo, con menos calor y bríos, como una parte más de nuestra corta y rica historia, con sus luces y sus sombras, portadores como ninguno otro que le antecediera, de inéditas posibilidades de representación e inclusión de los más pobres y marginados, en esta tierra de injusticias y desigualdades.

Inmerso en la abigarrada historia nacional, cuya construcción estatal no contó—o no quiso contar— con la capacidad institucional para incorporar de manera equitativa a las distintas bolivias del “poder dual” de Zavaleta o del “empate catastrófico” de García Linera, el Movimiento al Socialismo es la síntesis cualitativa y superior de muchos intentos de auto-representación frustrados en el pasado —que no viene al caso explicarlos aquí—, pero que podemos recordar al hacer referencia a los varios intentos guerrilleros del pasado, incluido el Ché Guevara, el ELN y otros menores; o a los varios indigenismos e indianismos, junto a las corrientes del corporativismo político incubado en el seno del sindicalismo boliviano. Digo “síntesis cualitativa y superior” porque esas corrientes han logrado unirse por primera vez exitosamente y porque tienen en sus manos, también por vez primera, la oportunidad de gobernar este su país, aunque no terminen de sentirlo del todo suyo.

¿Qué los une, siendo tan diferentes? Esa es una pregunta sustantiva para entender parte de lo que sucede y lo que venga hacia delante. Es más fácil explicar lo que separa a un representante del foquismo revolucionario (invento del hombre blanco para una isla del Caribe hace como 60 años) de otro que milite en el indianismo andino de Fausto Reinaga; peor aún, si comparamos estas expresiones, a las ricas experiencias del corporativismo minero y agrario, con su tradición anarcosindical asamblearia y sus principios de independencia corporativa. La verdad es que es muy difícil entender esta confluencia, doctrinariamente contradictoria, dentro del MAS, y esta dificultad es parte de otra, correspondiente y proporcional, a la que aparece a la hora de evaluar su capacidad de gestión gubernamental.

Me animo a afirmar, que estas corrientes convergen alrededor del liderazgo de Evo Morales, más bien como reacción a su exclusión del sistema de representación de la democracia boliviana, que por los principios que comparten. Lo que los une, más que un programa común o una de visión compartida del futuro, es una raíz no democrática. Son sectores que no creen en la representación política, sino en la decisión directa que, por definición, es una forma predemocrática de delegación del poder, incapaz de negociar y establecer pactos duraderos con otros no presentes en el momento de la delegación. Esta convergencia sui géneris no es fruto de una decisión o voluntad propias de los actores dentro del MAS, sino resultado de la falta de capacidad que tuvo el sistema democrático de partidos para incorporar en su seno institucional a estos amplios sectores empobrecidos y marginados.

Por ese motivo, este singular grupo, de raíces no democráticas, ve en la historia del Estado moderno boliviano y del proceso de inclusión democrática, los resabios del colonialismo pasado, con el objetivo de encontrar un otro que le permita entender las razones de su propia marginalidad.

Los procesos de construcción nacional, de democratización del sistema político y de modernización institucional, de los últimos 60 años, pasan a ser parte del fantasma colonial al que hay que vencer y destruir hasta alcanzar la liberación definitiva, dividiendo la sociedad en dos identidades: las etnias indígenas originarias, portadoras de un futuro provisor, y todos los otros, o el fantasma de los otros: el pasado colonizador, que venimos a ser los bolivianos, diversos, urbanos, transculturales, de clases medias, mestizos, con vocación de modernidad; es decir, la gran mayoría de la nación.

En el sentido estricto de la construcción ideológica, el MAS es un instrumento de alienación hacia atrás, igual pero a la inversa, de lo que vendría a ser un partido burgués inserto en el seno del proletariado el siglo pasado. La victoria apabullante del MAS en las elecciones generales de diciembre pasado, le permite eventualmente trascender los límites impuestos por su ubicación en el proceso de construcción de la realidad política, como un movimiento nacido de los grupos indígenas (fundamentalmente aymaras), predispuesto a interpretar el mundo desde un provincianismo rural y un limitado tipo de corporativismo sindical agrario; hasta lo que pretenden alcanzar a ser: un símbolo mayoritario, imponiendo su lectura parcial del mundo, a esa gran mayoría de posibles ciudadanos, urbana y mestiza, que es la base de la Bolivia del futuro. El otro parámetro del análisis, es esa falsa idea de mayoría, que tiene connotaciones que están a la base de lo que sucede hoy y va a suceder los próximos meses.

La idea sostenida, repetida hasta el cansancio y que ha adquirido un status relativo de verdad entre sus seguidores, es la que sostiene que la mayoría de quienes poblamos Bolivia somos indígenas, desde un punto de vista étnico, racial y cultural (62% se ha afirmado); y que en el centro de esta mayoría pervive un núcleo portador de identidad, desde el que se edifica una propuesta de futuro propia y única —la de los originarios—, que vienen a ser algo así como el grupo humano que se mantuvo virgen, mientras otros se desvirtuaron victimas del colonialismo agresivo, depredador y destructor de la pureza étnica, al haber provocado un pecaminoso proceso de mestizaje —en el sentido de perdida de la virtud original—.

En la era del conocimiento, donde lo positivamente duradero y enriquecedor es la globalidad del mestizaje, cuando el progreso de las sociedades se mide por su capacidad de integrar las diferencias y hacer que convivan personas de lo más variadas y diferentes, el gobierno del MAS ha optado por valorar lo no contaminado de los pequeños grupos originarios, marginales a los grandes procesos globales de construcción humana en la actualidad.