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lunes, 21 de abril de 2008

Erika, bienvenida al mundo del blog!


www. elfaro-eribolivia.blogspot.com
"Inflación de expectativas", ¡cuidado!

Una promesa idealizada en extremo hizo de la Asamblea Constituyente una fuente irremediable de frustraciones. Son miles los y las bolivianas que de buena fe creyeron en sus promotores más radicales. Hoy lo constatamos de manera descarnada y cruel. Se la promovió como la panacea. El discurso oficial se encargó de hacer creer que un nuevo texto constitucional resolvería por arte de magia nuestros sempiternos problemas. ¡Fueron tantas las ofertas en torno al cambio y la generación desmesurada de expectativas que ahora explotan de manera descontrolada!La historia puede repetirse. Similar ‘inflación’ de promesas se cierne en torno a la autonomía. Que el proceso es histórico, irreversible, necesario y beneficioso no hay duda; sin embargo, su implantación pronostica tormentas e implica desafíos enormes. No será una taza de leche. Por ello, en la medida en que nos acercamos al 4-M (4 de mayo), fatídico para los agoreros del desastre y liberador de los factores de desarrollo y bienestar para otros, constataremos que más allá de las anécdotas que registre tan memorable fecha, comenzará un nuevo capítulo cuyas páginas están apenas esbozadas. El infierno administrativo es predecible. La ‘referendiditis’ aguda y la euforia electoral han llevado a que sean ahora los líderes del oriente los encargados de atiborrar sus discursos de ofertas difíciles de cumplir en el corto plazo. Cayeron en la tentación de ofrecer incrementos salariales y otros beneficios que constituyen un exceso en la búsqueda de maximizar el voto favorable. Es inevitable que las campañas alimenten ofertas ilusorias; sin embargo, su abuso conlleva consecuencias que pueden abonar las bases de nuevas formas de desgobierno. Uno de los rasgos más sobresalientes de la sociedad boliviana es su gran resistencia a la frustración, al desencanto súbito o progresivo ante la evidencia incontestable del derrumbe de esperanzas y expectativas. Es cierto, la condición humana se resiste a perder la esperanza y rendirse a los embates de la vida. No es bueno, sin embargo, que el péndulo ilusión-desilusión sea recurrente. Y cuando de dinámica política se trata, la acumulación desmedida de promesas, expectativas y demandas insatisfechas deriva inevitablemente en las tensiones que, en gran medida, explican la conflictividad persistente. ¡Qué difícil resulta encontrar líderes que con convicción defiendan un proyecto, pero que a su vez adviertan sincera y objetivamente sobre los obstáculos que su puesta en marcha implica! Hacerlo sería pedagógico y beneficioso para el ejercicio de una ciudadanía crítica y menos proclive a ser confundida por el discurso demagógico y el facilismo discursivo tan popular y rentable en tiempos no sólo de campaña, sino también de gestión pública basada en el enfrentamiento y en falaces espejismos. Esta reflexión es pertinente, la realidad siempre caprichosa ha demostrado que, en Bolivia, no basta el triunfo ni la aritmética electoral. El acelerado proceso de descomposición de la gestión gubernamental y su arrinconamiento territorial, a lo que se suma la lamentable seguidilla de torpezas indisimulables, es una demostración de que no basta tener un margen aceptable de popularidad. Se prometió demasiado y el efecto hipnótico y complaciente del manejo discursivo y de los dispositivos simbólicos comienza a desvanecerse. Tarde o temprano la gente cobra facturas que los símbolos y el balcón no pueden satisfacer. Contrariamente a la compulsiva enfermedad de la demagogia, la política –la buena– consiste en sincerarse diciendo la verdad, reconociendo que son más las dificultades y las imposibilidades que el ejercicio del poder entraña.
(En la foto Erika Brockmann junto a Jenny Dabura tomada por El Editor recientemente)