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jueves, 21 de enero de 2010

la belleza como mercancía, seguidores del culto a la carne y la prostitución. Erika Brockman sale por los fueros y reivindica su rol en la política

Misses: política y confidencias

Del nutrido conjunto de candidaturas polémicas, ninguna fue tan publicitada y vapuleada como la de Jessica Jordan. ¡Para envidia de muchos otros candidatos con déficit de carisma y serias limitaciones para proyectarse en el escenario preelectoral! Si bien no pensé referirme a tan bullado caso, lo hago porque hace unos días, en una emisora radial de amplia audiencia, se comparó al MAS con el MIR, en alusión a Jessica Jordan y a la suscrita, ¡que como emblema femenino llegó a ser senadora! En un blog, el tema dio pie a comentarios desinformados preñados de prejuicios machistas. Con este antecedente, recurro a esta modesta columna esperando la comprensión de mis lectores. Anticipo confidencias despojadas de morbosas adjetivaciones y de mojigatería política que, a estas alturas del pragmatismo dominante, están fuera de lugar.
Comienzo recordando a mi abuela, liberal y progresista para su tiempo, que un día dijo que le gustaría que si alguna de sus nietas sobresaliera por algún talento, lo haga, pero no por recorrer la pasarela de un concurso de belleza. Su consejo me cayó como anillo al dedo. Estaba a punto de enrolarme activamente a la generación de la rebeldía y las barricadas. Con la disculpa de algunas amigas y quienes celebran estos populares eventos, confieso que fue gratificante manifestar mi tímido, pero airado rechazo a tan atractivas convocatorias, entre ellas, un certamen de Miss Bolivia.
Hoy lo reconozco, para las feministas de mi tiempo, “la victoria mediática y cultural” de la farándula y torneos de belleza constituyó una histórica derrota. ¡Resulta atractivo hasta para nuestras hijas y sobrinas! Ya no extraña. En el mundo patriarcal de las izquierdas populistas y de las derechas, la belleza coronada, el modelaje, el parentesco con algún caballero poderoso tienen ventajas comparativas, ahorran las penurias de ganarse, por otros medios y méritos, un espacio en variedad de oficios, entre ellos, la política, ¡que no nos sorprenda! Jessica ¡ejerce un derecho! Y su inexperiencia se iguala a la de otros candidatos que no conocieron de pasarelas ni del escrutinio público machista y descarnado.
Recordé tiempos en que ese tipo de alusiones me descolocaban. Que conste, a los 17 años opté por la política, prepararme para ello y luchar por causas justas que aún inspiran a una generación de mujeres, cuadros políticos y profesionales respetables, que algún momento tuvieron en el MIR una referencia de vida. Hoy, en un esfuerzo nada exitoso por reivindicar la política como actividad honorable, protesto contra su trivialización. No es nuevo. El culto a lo bello tiene larga data, basta evocar a los ‘bellos jóvenes’ de Sócrates en la Grecia antigua.
Lo que irrita es la impostura ideológica de quienes vociferan contra el capitalismo y proclaman la descolonización mientras abren cancha a un oficio que nace, crece, se desarrolla y potencia –nunca muere– en el circuito del consumismo capitalista más salvaje y glamuroso. Importa patrones de belleza nada ‘pluriculturales’ y hace de la belleza una mercancía. ¿Es necesaria tanta inconsistencia discursiva? ¿Será acaso una señal de conversión pragmática que lo vacunará contra la intolerancia y la retórica ‘etnonacionalista’?, pregunto. Si es así, ¡que vivan las misses!