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jueves, 6 de mayo de 2010

De nuevo plenamente acertado Los Tiempos cuando editorializa sobre la manipulación de los DDHH por intereses partidistas. Acusaciones caen ensaco roto

Durante las últimas horas, dando una muestra más de lo mucho que últimamente incomoda el tema de los derechos humanos en las altas esferas gubernamentales, el presidente Evo Morales ha lanzado una feroz andanada de denuestos contra Human Rights Watch (HRW), acusando a tan prestigiosa institución de ser sólo “un instrumento" y "gran defensor del imperio norteamericano".

Tan airada reacción fue ocasionada por la declaración del director de HRW para América Latina, José Miguel Vivanco, quien dijo el martes que le "preocupa profundamente" que Morales use su apoyo en la Asamblea Legislativa "para impulsar leyes que no cumplen con estándares básicos de debido proceso".

Es lamentable que una vez más el Primer Mandatario se haya dejado llevar por su lenguaraz carácter, pues de ese modo se vuelve a exponer, como lo hace con excesiva frecuencia, a la crítica de quienes desde el interior y exterior de nuestro país atienden sus palabras y observan sus actos cada vez con menos condescendencia y más severidad. Es que descalificar tan ligeramente a una prestigiosa institución dedicada a la defensa de los derechos humanos no es algo que pueda pasar desapercibido, sobre todo cuando la manera como el gobierno actual afronta el tema da crecientes motivos para la preocupación de propios y extraños.

Las declaraciones de Evo Morales dejan además entrever cuán mal informado está sobre la magnitud y alcances del trabajo de HWR, que dista mucho tener de cuanto acontece en Bolivia entre sus principales prioridades. Una vez al año, desde hace más de 20 años, esta institución presenta un informe que contempla a más de 90 países y sus conclusiones son reconocidas y valoradas por todos quienes a lo largo y ancho del mundo se adhieren a la causa de los derechos humanos por encima de cualquier consideración política o ideológica.

Cabe recordar al respecto que la más reciente versión del informe de HWR, la correspondiente al año pasado, contiene 612 páginas entre las que Estados Unidos continúa figurando como uno de los países más severamente cuestionados. Denuncia, por ejemplo, que en cárceles secretas de Irak “ha habido torturas brutales y sistémicas contra los detenidos”, ratifica sus críticas contra el “bloqueo” impuesto por EEUU contra Cuba y, más recientemente, ha alzado con todo vigor su voz de protesta por las disposiciones legales aprobadas en el estado de Arizona, por considerarlas incompatibles con los más fundamentales derechos humanos.

Probablemente, como un atenuante al desacierto presidencial, se puedan atribuir sus palabras a una confusión con otra institución que de manera maliciosa adoptó un nombre similar para enmascarar propósitos menos nobles. Es que desgraciadamente, como a diario se puede constatar en nuestro país, en todas partes y en todas las trincheras políticas hay quienes desacreditan la causa de los derechos humanos al rebajarla a la condición de un instrumento de propaganda que se usa o desecha según conveniencias circunstanciales. Caso que no es, sin duda, el de Human Rights Watch.