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martes, 1 de junio de 2010

en Colombia como antes en Honduras el chavismo acaba de sufrir otra derrota. los populistas y demagogos se están achicando. El Día de S.C., Bolivia

Desde que el chavismo lanzó su onda expansionista en el continente, lo que sucede en Honduras, en Ecuador, Colombia o Panamá se ha vuelto de importancia capital para Bolivia, así como los resultados electorales del 4 de abril, fueron motivo de sesudos análisis al interior de las estructuras chavistas, que exigieron varios viajes de Evo Morales a Caracas. Se trata de un solo proyecto con una única conducción y una estrategia bien definida. Este razonamiento debe servir entonces, para poner a las recientes elecciones colombianas en su debido contexto y definirlas, como es lógico, como un fuerte golpe –como lo fue el derrocamiento del hondureño Zelaya-, a la hegemonía que busca consolidar el líder venezolano Hugo Chávez.
Chávez se ha metido en las elecciones de todos los países de la región, pero en Colombia parecía ser un candidato más. Derrotar a Juan Manuel Santos se había convertido en su objetivo personal y para ello, intentó infundir miedo entre los colombianos, amenazando con una guerra en caso de un triunfo del ex ministro de Álvaro Uribe y principal impulsor del arrinconamiento a las narcoguerrillas de las FARC. Más o menos lo mismo que hizo en Bolivia cuando ofrecía sus tropas para derrotar a los opositores y desatar “un Vietnam” para respaldar a Evo Morales.
Para Chávez, perder en Colombia es mucho más que una barrera a su plan expansionista. Detrás de su derrota está también la imposibilidad de meter a las FARC dentro del contexto de internacionalización de su proyecto político, pues sin lugar a dudas, el triunfo de Santos supondrá al menos cuatro años más de guerra sin cuartel contra ese grupo guerrillero, actor fundamental de la desestabilización y el narcotráfico, factores que ineludiblemente ya están vinculados al chavismo.
La victoria de Santos también confirma una tendencia que ha marcado el retroceso de los gobiernos de izquierda en la región, proceso que parece acelerarse y afectar a aquellos países donde no se habían producido manifestaciones radicales, como Brasil. Lula, intentando jugar a actor fundamental dentro de la correlación de fuerzas mundiales, ha colocado a su país en medio de un terreno fangoso que podría afectar seriamente la decisión del electorado brasileño que se encuentra polarizado entre los candidatos Dilma Rousseff, la oficialista y José Serra, el postulante de la oposición que acaba de arremeter duramente contra el Gobierno de Evo Morales, acusándolo de cómplice del narcotráfico. Esta denuncia, que araña también a Lula, no es para nada casual y parece inscribirse en el marco de una gran acometida internacional contra los regímenes que tuvieran nexos con las drogas. El presidente boliviano parecía haber abierto el paraguas ayer, cuando afirmaba con tono de sorpresa, que el narcotráfico “había sido” más poderoso de lo que él creía y admitía que ha penetrado las estructuras del Estado. Esto lo dijo después de coincidir con Fidel Castro y señalar a Estados Unidos como promotor del narcotráfico.
Obviamente, nada de lo que ocurre afuera va a afectar, por el momento, la lógica que implica el ejercicio del poder total dentro del país, que en todo caso, necesita consolidarse cuanto antes para tratar de contener las fuerzas internacionales que acechan y tienden a constreñir los procesos totalitarios en la región.

El triunfo de Santos en Colombia es una derrota más que sufre Chávez. Todo el bloque de la izquierda en Sudamérica está acechado.