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viernes, 25 de marzo de 2011

las políticas se renuevan. reclaman nuevos actores, aprovechar oportunidades sin pretender un mismo reclamo en lo judicial y político. aconseja Marcelo Ostria experimentado negociador

Llegó el final del último proceso negociador, que duró un lustro, entre Bolivia y Chile, para concertar una fórmula de solución de la mediterraneidad. En el curso de este proceso se estableció una comisión bilateral para considerar una agenda de 13 puntos, incluyendo el asunto marítimo. Se informó repetidamente que se trabajaba para crear un clima de confianza entre los dos países, y se insistió en que se estaba logrando importantes avances para la solución de este  problema. Pero nunca se informó en qué consistían esos avances, despertando la comprensible sospecha de que no se estaba logrando nada concreto. Y de esto da fe el acta que la comisiones de los dos países suscribieron en Arica, en la que el tema de la mediterraneidad se pierde en vaguedades.
Pero lo que intriga más es que, a sabiendas de que la nueva constitución política de Bolivia establece que “la solución efectiva al diferendo marítimo, a través de medios pacíficos y el ejercicio pleno de la soberanía sobre dicho territorio, constituyen objetivos permanentes e irrenunciables del Estado boliviano” (Artículo 268, II), y que Sebastián Piñera había fijado la política exterior de su gobierno, cuando era candidato a la presidencia de Chile, de que se otorgaría a Bolivia amplias facilidades, pero no soberanía sobre una parte del actual territorio chileno, se alentara a la ciudadanía boliviana con la esperanza de que se estaba cerca de satisfacer el ideal de retorno al mar, y en los chilenos de que se acercaba el final de un viejo problema que dura ya 132 años.
No es creíble que no se haya advertido de que sólo podía prosperar la negociación en el caso -improbables, por ahora- de que el gobierno de Piñera cambiara de posición y retornara a la línea de 1950 o de 1975, cuando Chile aceptó formalmente ceder a Bolivia un territorio, con soberanía, como acceso de nuestro país al océano Pacífico; o que el gobierno del presidente Evo Morales contradiga lo dispuesto por la constitución política del Estado, que él mismo impulsó.
Lo curioso, sin embargo, es que el presidente, este 23 de marzo, día del mar en Bolivia, y en el que se conmemora el sacrificio del héroe boliviano de la guerra de Pacífico, don Eduardo Abaroa, anuncie que “nuestra lucha por la reivindicación marítima ahora debe incluir otro elemento fundamental. El de acudir a los organismos internacionales y tribunales demandando el derecho y justicia una salida libre y soberana hacia una salida al Pacífico”, y que casi simultáneamente el ministro David Choquehuanca, en una entrevista, “confirme el buen momento que pasan las relaciones bilaterales con Chile”, y “al referirse a la posibilidad de que se avance en un acuerdo sin soberanía, el canciller paceño comentara que ‘no se descarta, pero hay que trabajar callados". En todo caso, advirtió que "nosotros no vamos a firmar nada sin que tenga la aceptación del pueblo boliviano" (La Razón, La Paz, 23.03.2011).
El nuevo planteamiento del presidente Morales mezcla dos acciones distintas -¿se seguirían simultáneamente?- la judicial y la política. No queda claro qué se va a plantear en la instancia judicial y cabe imaginar que será en la Corte Internacional de Justicia de La Haya.

Ambos personajes -el presidente y el ministro- incurren en contradicciones que contribuyen a confundir, lo que, quizá, fue provocado intencionalmente para salvar el ambiente del día del mar, en circunstancias de la ostensible frustración en el oficialismo por el fracaso de las negociaciones. Y esto se produce cuando hay un claro deterioro en Bolivia de la imagen del presidente, ciertamente agobiado por las crecientes demandas de la ciudadanía. Reconocer el fracaso, luego de cinco años de inopia, era impensable. Lo que siguió, entonces, fue buscar un nuevo sendero, así sea improvisando.
El nuevo planteamiento del presidente Morales mezcla dos acciones distintas -¿se seguirían simultáneamente?- la judicial y la política. No queda claro qué se va a plantear en la instancia judicial, y cabe imaginar que será en la Corte Internacional de Justicia de La Haya. 
Si la demanda sería la nulidad del Tratado de 1904, por el que Bolivia cedió su litoral a Chile como consecuencia de la guerra del Pacífico, hay dificultades jurídicas evidentes, aunque sea un importante tema de debate en la doctrina de derecho internacional. Pero en la situación actual, la falta de normas positivas que hagan posible la revisión de tratados considerados injustos, hacen que una eventual acción en este sentido sea un camino sin salida.
En cuanto a la presentación del tema de la mediterraneidad ante los organismos internacionales -seguramente el jefe de Estado se refirió a la Organización de Naciones Unidas (ONU), la Organización de Estados Americanos (OEA), y ahora la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur)-, la acción sería política y no para que se obligue a que se nos devuelva el litoral o a que se nos conceda una salida soberana al mar; eso no es posible, a la luz de las atribuciones que les han sido adjudicadas por sus miembros. 
Lo que siempre se pretendió -en la OEA desde 1979, hasta hace pocos años- con relación a la cuestión marítima, es que esos organismos alienten negociaciones directas, en términos honorables, realistas y constructivos... Y se estuvo cerca de ello: en 1950 y, aun más, en 1975.
No hay razón para que no se pueda reeditar el clima propicio. Ciertamente llegará el arreglo definitivo… Nada se cierra definitivamente. Todo cambia y evoluciona. Ahora hay voces disonantes en los dos lados. Esto ya sucedió, pero hubo un corsi e ricorsi en estas difíciles relaciones boliviano-chilenas. 
En ambos países, hay opiniones sensatas, realistas y prudentes, pero en cuanto se está ante un auditorio, se despierta un estridente patriotismo que demanda imposibles o exige demasías.
Son pocas las voces, como la del diplomático chileno, Oscar Pinochet de la Barra, que dijo: “no nos echemos tierra a los ojos, no incurramos en la simpleza, la ilusión de creer que Bolivia a la larga se olvidará del litoral perdido. El país del altiplano continuará clamando por el mar. No es capricho suyo, es una cuestión de identidad, de patria, inolvidable, insoslayable, inmodificable” (“Puerto para Bolivia”, citado en la revista Qué Pasa, 09.01.2004).
También son pocas las voces del lado de Bolivia que no busquen notoriedad ni se embarquen en una suerte de exhibición de fervor patriótico, pretendiendo dar luces para alcanzar el ideal boliviano de retorno al mar.
Pero nada es incambiable. Las políticas se renuevan siempre; dependerá de los nuevos actores, bolivianos y chilenos, aprovechar las oportunidades que les presenten para lograr el entendimiento.