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miércoles, 22 de febrero de 2012

Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. El axioma sirva para juzgar la intención de ocuparnos por la salud de Chávez. Tiene que ver con la geopolítica continental que tanto atañe a Bolivia. (Emilio Martínez)

La historia no es neutral a los dictámenes de la fisiología. No lo fue en la Rusia de Stalin ni en la España de Franco, autocracias -de extrema izquierda y derecha- donde la salud del caudillo era cuestión de Estado.
La pregunta suele volverse clave en regímenes autoritarios, donde la figura que encabeza el Poder (u Órgano) Ejecutivo es con frecuencia sacralizada.
No importa si se trata del “Gran Timonel” (China) o del “Amado Líder” (Corea del Norte). La técnica del brainwashing (lavado cerebral) es casi siempre la misma.
Se trata, siempre, de despersonalizar a los ciudadanos, de uniformizar a la masa, eliminando cualquier forma de libertad de pensamiento.
Hoy por hoy, conocemos otras formas, más sutiles pero no menos perversas, de brainwashing.
Pero la cuestión planteada es la misma: ¿cómo reencontrar los caminos de la república democrática, más allá de las fronteras autoritarias de la dictadura personalista?
En ese contexto, surgen los rumores sobre la salud de Hugo Chávez. Inútil señalar que deploramos cualquier enfermedad, sobrevenga a quien sea.
Cabe indicar, sin embargo, que ojalá la experiencia terminal de la posibilidad de la muerte ejerciera cierta influencia meditativa y moderadora sobre el caudillo de Caracas.
Pero la realidad parece discurrir por otros carriles, desde el momento en que el presidente venezolano dedica los más gruesos insultos a su contendiente.
Por lo visto, no habrá aprendizaje alguno que acompañe al crepúsculo del caudillo “bolivariano”…
notishots@gmail.com