Páginas vistas en total

martes, 15 de mayo de 2012

Claudio Ferrufino se refiere al espionaje telefónico que este Gobierno confiesa casi con descaro. Miente el ministro. Mienten los policías, mienten todos, "de interesarme la política me metería de lleno en el saco golpista" .

Que el ministro Romero tiene buena vista, se nota, de cerca y de lejos. Pero no sabíamos que buen oído también. Escucha incluso donde no debe, donde lo prohíben las reglas del juego limpio. ¿Acaso somos ilusos y no nos dimos cuenta de que ellas no rigen más? Resulta que estamos en campo abierto; todo vale, como en esas peleas de la tevé que están de moda; codos o rodillazos sirven... cualquier cosa con tal de ganar, en el fútbol o en la presidencia. Será, como elucubraba un periodista ayer hablando del tutelaje a que desde siempre nos someten, que no servimos para nada y lo que comemos debe ser primero masticado por otros. De ser así, mejor nos vamos y les dejamos la tierra a los cocaleros, a ver cuantos años tardan en alcanzar la edad de piedra, la antropofagia y demás frutos que trae la estulticia como norma.

La diputada Marcela Revollo -no importa a qué agrupación pertenezca- tiene derecho a la privacidad, y otro derecho a dar, regalar, entregar su dinero o el del grupo a quien quisiere. Pero en el paraíso que ha excedido cualquier revolución conocida hasta hoy, el país de la improvisación, trueque y chaqueteo, se ve sedición por todos lados, hasta el extremo que una ministra, que reclama ser para el presidente lo que las ucranianas a sueldo eran para el occiso Gaddafi, asegura que Doria Medina guarda un “deseo oculto” que es clara figura sediciosa. Estos no son agoreros, sino magos, cientistas y no pajpakus, cuya perspicacia y facultades sensoriales no se veían desde el último grito de la ciencia ficción o algo de Disney. Ya no hablamos de “enfermedad infantil”, como dirían los obsoletos marxianos que no tuvieron la dicha de conocer a la pléyade boliviana de genialidades para reestructurar la economía política, mas de algo que ha superado los límites del embeleso. Dichosos nosotros que lo contemplamos, que tendremos que escribirlo y publicar porque nadie va a creer. Casi diría que nos faltan profetas para iniciar la nueva Biblia desde el génesis. Profetas lampiños -esa imagen también habrá que cambiar- porque por estas tierras del Ande no hay barbados hebreos ni talibanes.

Una cosa no comprendo, haciendo recuento de lo que sucede en el mundo. De los reyezuelos y sargentos africanos que han enlutado esa tierra en las últimas décadas, muchos ya han muerto. Otros son juzgados, con demasiada decencia tal vez, en cortes internacionales. Hay enfermedades que no presentan sarpullidos ni escozores, difíciles de detectar, y una de ellas, la peor, afecta a este tipo de individuos que llegan a o se hacen del poder. Acomodados en tan beneficiosa circunstancia olvidan su condición humana y arman jugarretas para eternizarse. A algunos les resultó; la mayoría fundó, o quiso, dinastías. ¿Para qué? Para que venga la muerte y les siente la mano, ya que a veces sus congéneres dudan en hacerlo o les falta capacidad. ¿Será tan intenso el orgasmo del poder que cualquier castigo posterior no cuenta? En lo personal no me interesa averiguarlo, porque si me interesara, ya de hecho y de lleno me meterían al saco de los golpistas y rebeliosos (no existe la palabra y qué), por no darme cuenta que el imperio de los mil años arribó, y que el mesías se volvió dios.

Hablaba de ojos y termino perorando acerca de la mística plurinacional. Aplaudo a quienes colaboran, con comida o con plata, al único resquicio de dignidad que nos queda y que son los marchistas del Tipnis. Ellos harán historia. Los otros y sus amenazas de juicios y procesos que continúen la carrera al vacío. La letra es arma de doble filo, y lo que se redacta hoy también podrá ser usado mañana. ¡Pobre Sancho!, que sentado en un tonel creyó en susurros de vanidad.

Romero se lanza contra los marchistas, la diputada Revollo, gil y mil. Contra los médicos a quienes un día ha de recurrir, al menos al oftalmólogo, porque dudo que se anime a visitar a alguien que le sugiera para el mal de ojo emplastos de coca, y no un par de buenos lentes oscuros que además de aliviarlo lo harán parecer estrella de The Sopranos.