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jueves, 10 de enero de 2013

con plena razón Erika Brockmann se plantea "no puedo entender...7 años despues" la socorrida frase de E.M. cuando no entiende un problema y se desentiende del mismo


El año 2009, el presidente Morales sostuvo que “no podía entender como un excluido negro podía excluir a un indio” en alusión a la no inclusión de Bolivia, por parte de Obama, de los beneficios aduaneros andinos conocidos como Atpdea. Incapaz de entender el peso de las políticas institucionales que imponen límites a la arbitrariedad presidencial, calificó el hecho como una “venganza política”.
En otra ocasión, en su peculiar e inquisidora manera de concebir la justicia y los principios de presunción de inocencia, de defensa y debido proceso, el Presidente deploraba y decía “no entender que haya abogados defensores de narcotraficantes, de contrabandistas y corruptos” a los que a priori y al igual que sus adversarios políticos ya había condenado.
En realidad, durante estos siete años el Presidente ha confesado “no entender muchas cosas”. No entiende el rechazo a la construcción de la polémica carretera a través del Tipnis por parte de los indígenas de tierras bajas que comienzan a cuestionar la actitud neocolonial del sindicalismo aimara y campesino. Tampoco comprende las divisiones internas de su partido, no “pudiendo entender” a los críticos y disidentes del MAS a los que exhortó, en ocasión del VIII Congreso del MAS, a reconocer errores y reconciliarse con el bloque oficial antes de convertirse en “instrumentos de la derecha, del capitalismo y el imperio”. Hoy muchos de ellos están enjuiciados, en la “congeladora” o en la marginalidad política. Esto ocurre porque el Presidente y el MAS se consideran únicos y legítimos portadores de la honestidad y otras virtudes políticas que, lamentablemente, no terminan de arraigarse en nuestra cultura política ciudadana.
Esta recurrente alusión presidencial ¿es una muletilla discursiva que lo blinda al desgaste de su gestión?, ¿le ayudan a diferenciarse de los letrados que lo rodean y se aprovechan “colonialmente” de su buena fe? Este tácito pero peculiar reconocimiento a la insuficiencia de recursos conceptuales para leer la realidad ¿no es más bien causa del simplismo caricaturesco, preñado de un dogmatismo ideológico casi religioso y provinciano, agravado por su endiosamiento? La combinación de estos ingredientes tiene un potencial explosivo y letal para el avance de una democracia plural y de los cambios que aún demanda la sociedad.
El 2012, el caso de la red de extorsión, anidada en el corazón de la institucionalidad política responsable de velar por la “seguridad del Estado”, aún a costa del irrespeto de derechos ciudadanos constitucionalmente reconocidos, parece haber agotado el repertorio discursivo que exalta y vacuna al líder de los sinsabores del poder. Salvo el ejército de soldados de la revolución, más motivados por la fe y el afán de reproducir el poder que por la razón y el buen gobierno; la gran mayoría comienza a reconocer la condición humana y falible de su presidente. Los problemas de corrupción y de ausencia de justicia, han superado la capacidad de Evo Morales y del Gobierno para encararse seria y estructuralmente. Y es que la lucha contra la corrupción y la injusticia no depende del cálculo ideológico ni de soluciones improvisadas, y menos de una intervención divina, sino de acuerdos sostenibles y de la articulación de voluntades políticas plurales de actores terrenales capaces de “entender” que son tan vulnerables que sus sempiternos enemigos a estos males de la sociedad. ¿Entenderá esto Su Excelencia?
La autora es psicóloga, politóloga y excongresista