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viernes, 26 de julio de 2013

profunda es la crisis judicial y las soluciones están aún muy lejas. Los Tiempos se refiere a la realización de la Cumbre Judicial en Sucre que resultó fallida.

La Cumbre Judicial ha dejado más motivos de preocupación que de optimismo. Ha confirmado cuán profunda es la crisis y cuán lejanas las soluciones
Durante los últimos días, rodeada de más escepticismo que expectativas debido a lo muchas que ya son las frustraciones que el tema ha ocasionado, se ha realizado en Sucre la primera Cumbre Judicial de Bolivia con el propósito de aunar criterios para elaborar un plan de acción encaminado a sacar a la justicia boliviana de la profunda crisis en la que está hundiéndose.
Un encuentro de esa naturaleza, más aún si fue convocado con tan loables propósitos, podía haber sido una fuente de esperanza y optimismo, pues uno de los pocos temas en los que los bolivianos estamos de acuerdo de manera unánime, por encima de nuestras discrepancias de carácter religioso, político, ideológico, étnico o de cualquier otra índole, es en que la justicia de nuestro país no está bien y requiere por eso una profunda transformación. Y si bien es cierto que algo muy parecido podría decirse de muchas otras instituciones de nuestro país, no es menos cierto que nada es tan grave como la pérdida de confianza de todo un país en uno de los pilares básicos de la convivencia civilizada, como es la administración de justicia.
Siendo así de dramática la realidad y tan extendida la convicción de que algo se debe hacer al respecto, podría esperarse que alrededor de esa causa se unan las voluntades colectivas para buscar, si no una fórmula de solución mágica, por lo menos la forma de sentar las bases de un proceso que conduzca hacia la restauración de la majestad de la ley y la justicia.
Podría esperarse también que la realización de tal tarea sea favorecida por la aparente coincidencia sobre las principales causas de tan deplorable situación. La precariedad de los recursos económicos con que cuenta el Órgano Judicial para realizar sus labores; la injerencia política que coarta, cuando no liquida, la independencia judicial, por ejemplo, son dos factores tan conocidos que para ser afrontados no requieren más elucubraciones doctrinarias, sino, simple y llanamente, que se lleve a la práctica lo que tan vanamente se predica.
La realidad, desgraciadamente, como se puede constatar una y otra vez, es mucho más compleja y las fuerzas que se resisten a que el Órgano Judicial sea de verdad un instrumento puesto al servicio de la ley y la justicia mucho más poderosas que las buenas intenciones. Así, la Cumbre Judicial de Bolivia ha llegado a su fin dejando más motivos de preocupación que de optimismo pues sólo ha servido para confirmar que la profundidad de la crisis es tan grande que supera hasta las más pesimistas previsiones.
Una especie de pliego petitorio más acorde con lo que cabe esperar de una organización sindical que de representantes de un Órgano del Estado cuya jerarquía se supone igual a la del Ejecutivo y Legislativo, cuya presentación fue matizada por abundantes declaraciones líricas tan trilladas como insustanciales, es la más cabal síntesis de la crisis a la que nos referimos.
Más grave aún que lo anterior es que la Cumbre Judicial tuvo como telón de fondo la ya franca y abierta degradación del Órgano Judicial a la condición de apéndice, ya ni siquiera de todo el Órgano Ejecutivo, sino de algunas reparticiones de éste. Y como un asunto tan serio, precisamente por lo importante que es, está excluido de la agenda judicial y de cualquier debate, resulta inevitable ver con creciente pesimismo el rumbo de la justicia en nuestro país.