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jueves, 16 de enero de 2014

Santa Cruz le ha dado la bienvenida a través de sus medios, y la ciudad entera se siente honrada con Mario Vargas que visitará esa urbe en franco e imparable crecimiento. llega el gran literato cuya palabra es temida por la franqueza y claridad de sus ideas, por su destreza en descubrir la patraña y el embuste.



Afectos de Vargas Llosa por Cochabamba

Mauricio Aira


En Cochabamba me sucedió algo maravilloso, es que a los cinco años mi maestro me enseñó a leer y esto fue lo mejor que me pudo haber pasado.  Frase emotiva de Mario Vargas Llosa cuando recibió en Estocolmo el título de Nobel de Literatura de 2010 y que a los bolivianos que acompañamos la ceremonia nos llegó a conmover.

Es que Vargas Llosa a lo largo de su ya larga carrera de escritor, con más de 30 títulos de su autoría es un querendón de Bolivia, por esos 6 años de primeras letras, en el legendario Colegio La Salle, donde sus compañeritos lo conocieron y entretuvieron con juegos infantiles propios de la edad, algunos de ellos viven todavía y recuerdan perfectamente la figura del arequipeño que acompañado de su madre y abuelo materno, tuvo que vivir una especie de exilio en la ciudad del Valle, bendecida y fértil donde nada falta, ni pan ni techo, ni aire ni el buen humor.

En la primera lectura de La Tía Julia y el Escribidor el narrador describe su proximidad con Bolivia y aprovecha para puntualizar su relación y matrimonio y su separación de Julia Urquidi pariente política del autor y la febril actividad de Raúl Salmón, insigne hombre de radio, político, gran alcalde de la ciudad de La Paz.  Los rasgos “del escribidor” al que no llega a nombrar coinciden con la personalidad, la forma de ser y el genio polifacético de Salmón. “Soy levantador” me dijo en más de una ocasión, pensando yo en un levantador de pesas, me aclaró al notar mis dudas, “quiero decir que soy madrugador, me levanto temprano para trabajar”.

Repasar las páginas de esta primera obra de Mario Vargas, es recrear a los personajes a los que se refiere. En efecto la Tia Julia Urquidi le superaba con 10 años de edad, detalle sin mayor importancia en una relación apasionada y feliz en los primeros tiempos. Mujer inteligente para quienes la conocieron ya que no sólo nació en Cochabamba, sino que vivió muchos años, en la por entonces apacible Villa de Oropesa, capaz de despertar pasiones y de talante leído y extrovertido, tuvo el atractivo suficiente para retener a su lado al gran autor hasta su separación en Francia, tiempo después.

La Academia Sueca motivó la concesión del Nobel a Vargas Llosa “por su cartografía de las estructuras del poder y sus imágenes mordaces de la resistencia del individuo, su rebelión y sus derrotas” y por cierto, de la lectura de “La Fiesta del Chivo” se colige que esto ocurrió al pie de la letra, puesto que el autor documentó la biografía de Leónidas Trujillo, el sanguinario, cruel y estrambótico “presidente vitalicio de Santo Domingo”, lo retrató en el apogeo de su poder, cuando burlando la real voluntad popular era una y otra vez reelegido y cuando dibuja poco menos que a pincelazos la resistencia de jóvenes, oficiales del ejército y hasta de católicos militantes a un régimen que perdió todas sus cualidades y se convirtió en el prototipo del caudillismo de todos los tiempos hasta derrotarle en riesgosa operación comando que le quitó la vida.

Autor polifacético tiene comedias, novelas, obras de teatro, poesía y un apreciable bagaje periodístico por lo robusto de su pensamiento y su infatigable faena a través de las letras.  Al menos tres de sus obras han sido llevadas al cine.

Entre los méritos del ilustre visitante que horas más visitará Bolivia, una más de sus varios periplos por nuestra geografía, está no haber negado nunca su ascendencia mestiza y criolla, su pertenencia a la clase media y su predilección por los valores espirituales y cívicos de las sociedades que se rigen por una Democracia Auténtica. Los medios de Santa Cruz de la Sierra le han dado la bienvenida, en gesto cortés, sincero y digno, cuando todo indica que es de mal gusto, endilgar al huésped por sus faltas y de pésima urbanidad, aflorar y magnificar sus pecados si acaso los tuviese.