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martes, 5 de enero de 2016

sinceramente el texto de Mesa, de quién sé su vivencia católica, me deja confuso. quisiera sospechar que se trata de un alegato a favor de la eutanasia. varias frases lo insinúan o el suicidio "acabar cuanto uno tiene fuerzas para ello" y la descripción de la demencia por vejez con aquejado lamento...en fin me persiste la duda. será que está a favor de poner uno mismo fin a su existencia?

La prolongación de la vida es uno de los mayores logros de la humanidad. La esperanza de vida ha llegado a niveles que han más que triplicado esa expectativa en tiempos prehistóricos. En los países más desarrollados del planeta el promedio está cerca de los 85 años. En la propia Bolivia hemos superado los 70 años y en sectores económicamente acomodados la longevidad está frecuentemente por encima de los 80.
 Junto a este incuestionable avance se abre una frontera antes desconocida, la que hace la diferencia entre tener una vida digna o durar. Las idílicas imágenes de ancianos que mueren mientras duermen o que reúnen a toda la familia que los acompaña en el lecho postrero, con la respiración tranquila y el rostro angelical, son parte de un imaginario que la realidad está pulverizando. No estamos preparados para enfrentar un camino tortuoso, agónico y extremadamente largo que es capaz de despedazar todo aquello que hacía de una persona lo que realmente era.
 Es como si el espíritu se fuera escapando lentamente, abandonando los rasgos esenciales de quien hizo una vida plena y fue hija, hermana, madre, abuela... El cuerpo, literalmente, se va secando, queda como un deteriorado caparazón incapaz de administrar lo básico, el comer, el moverse, el hacer las necesidades orgánicas. Lo último que queda, los ojos, se diluyen en miradas que no miran, se convierten en ojos grandes de vistas fijas que no transmiten nada o que traslucen miedo y ansiedad. Seres humanos que han quedado colgados del tiempo, que permanecen y cuando tienen la lucidez que aún resta son conscientes de que nada queda por hacer sino morir. Pero la muerte no se convoca porque sí, la muerte llega cuando la naturaleza implacable como es, marca el final de la vida física de quien fue todo aquello que en este trance ya dejó de ser.
 Es una batalla de todos por enfrentar lo evidente. ¡Cuán difícil es a veces morirse! Cuán fácil, rápido y a destiempo se mueren quienes uno cree que debieron quedarse siendo jóvenes y estando plenos en sus capacidades.
 Pero, sin duda, el más terrible de los trances en ese tiempo que se antoja interminable (a veces un año, a veces dos, a veces seis, a veces quince y más) es la sensación de que quien no acaba de irse está en una prisión. La imagen de la inmensa computadora HAL 9000 de 2001 odisea del espacio es elocuente. El astronauta Bowman comienza a desconectarla, los recuerdos se desvanecen progresivamente, el entendimiento empieza a fallar, se produce una infantilización abrumadora, la voz se ralentiza mientras entona una melancólica canción, la primera que le enseñaron a la máquina inteligente cuando fue programada…
 ¿Este ser humano que me ha dado la vida, que me ha amado, al que he amado, es quien fue? ¿Está ahí? Es una batalla por irse, hacerlo con dignidad ya no es posible, no está en sus manos, ha perdido las riendas, el dominio, la capacidad y la condición, a veces por una hemiplejia, a veces por el alzheimer, a veces por una caída, a veces simplemente porque el organismo, desvencijado hasta lo indecible, no responde.
 Quienes acompañan al anciano o la anciana tienen que luchar por preservar los recuerdos de lo que fue, de la persona que era y ya no es, mantener un vínculo emocional sobre una evidencia, la imposibilidad de comunicar y de recibir respuestas que sean equivalentes. Algunos lo resuelven por la intensidad del amor, la ternura, la capacidad de transmitir un calor que nunca saben si es recibido y asumido. No les importa, la fuerza de su sentimiento lo puede todo. Otros perciben que ese vínculo no es real, que se ha cortado, que es inútil fingir que están ante quien estuvieron, por quien fueron concebidos, con quien compartieron la intensidad de la vida.
 Esta yapa suena a infamia, parece una burla, una manera de atormentar injustamente a quien vivió una vida plena y que, de pronto, como el castillo que se desmorona, del que apenas quedan unas cuantas paredes oscuras en las que sólo sobreviven los ecos de las aves que anidan en su interior, se ha convertido en espectro de sí mismo.
 No es una infamia, es la vida despojada de cualquier intención y de cualquier propósito. El precio de nuestro éxito es éste, el de llegar a edades antes nunca soñadas y soportar que una parte significativa de quienes traspasan los límites antes esperados tengan que acabar así, cual sombras en un mundo de luces lechosas y percepciones vagas de lo que escuchan.
 Probablemente los científicos prolongarán más la vida y quizás, quien sabe, lograrán, indagando en la esencia de nuestros genes, garantizar una adecuada calidad de vida para los longevos de más de 100 años, pero morir, morirán. ¿No es legítimo poder decidir una muerte digna y humana en el momento en que uno comienza a dejar de ser persona?

Carlos D. Mesa Gisbert fue presidente de Bolivia.