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lunes, 29 de febrero de 2016

comprobado está que nadie es insustituíble. todos pueden ser cambiados, más ahora que la elección del 21F está mostrándonos la urgencia de desechar a unos y buscar otros líderes que puedan conducir a la Nación por el sendero de Libertad, de Justicia y Democracia que se impone a raja tablas.

Con los resultados del reciente referendo constitucional, ha quedado claramente establecido que el pueblo boliviano se ha decantado por el rechazo a la prorrogación del actual binomio oficialista en el poder. Asimismo, con su decisión ha puesto sobre la mesa del debate la necesidad incontestable de la alternancia democrática. Como si ello no fuera suficiente, ha mostrado al país y a los partidos y organizaciones políticas, tanto de la oposición como del oficialismo, el camino de la urgente renovación de los cuadros de liderazgo político, especialmente con miras a las elecciones generales de 2019. Ello implica enormes desafíos para la democratización de las tiendas políticas bolivianas.
Conviene recordar que una de las características de la dinámica política del país es el caudillismo. Así, los partidos políticos resultan proclives a no renovar sus cuadros dirigentes. Por el contrario, tienden hacia los líderes permanentes, a los que no se les puede hacer sombra. Como consecuencia, las nuevas generaciones de dirigentes acaban frustradas y relegadas “ad infinitum”. Si se mira bien, y se hace una lectura serena de la dirigencia política boliviana, se constata la ausencia de nuevos liderazgos capaces de levantar banderas que entusiasmen a la población. Resulta evidente que, tanto dentro de la oposición como el oficialismo, no han surgido nuevos líderes en la era democrática.
Si se asume que la alternancia de líderes forma parte de la esencia de la democracia, viene a ser un contrasentido que los líderes de la mayoría de los partidos de la oposición sean los mismos de hace tres décadas. Por otra parte, el oficialismo ha puesto al presidente Morales como el líder referencial del denominado proceso de cambio, y no se sabe quién puede ser su sucesor, por decirlo de alguna manera. Este escenario político muestra a las claras que los nuevos líderes, que mucha falta hacen, no han podido surgir por la obstrucción que les hacen los viejos dirigentes. Esto dice muy mal de la democracia boliviana y deja mucho que desear de la democracia interna de los partidos. Aún así, los líderes jóvenes de la oposición que se van perfilando después de la consulta constitucional, son dirigentes que tienen sobre sí el riesgo de lanzarse sin proyección nacional, sin aparato político que los respalde y sin programa nacional que haga frente a la hegemonía del oficialismo. En cierto modo, esto hace que se conviertan en los líderes de un futuro que nunca les llega. Esta peculiar situación deviene en un caldo de cultivo para las corruptelas, el clientelismo y el autoritarismo, por obra y gracia de sus propias organizaciones políticas. No extraña, por tanto, que otros intereses no partidarios impulsen el despegue de nuevos líderes, desligados éstos de la responsabilidad social.
Esta carencia de nuevos líderes que den la talla afecta asimismo, en diferente grado y magnitud, al partido en función de gobierno. En este terreno, quizás resulte todavía más difícil encontrar líderes que convenzan a la población sobre la continuidad del proceso de cambio que proclaman. En otras palabras, tanto el oficialismo como la oposición tendrán que trabajar duro para tener una representación viable de cara a las nuevas elecciones generales. Para esa oportunidad, es posible que por la fuerza de las circunstancias se presenten como candidatos para gobernar el país los mismos viejos dirigentes. Si ello ocurre, hablar de democracia sin nuevos líderes será una pantomima.
Oficialismo y oposición tendrán que trabajar duro para tener una representación viable de cara a las nuevas elecciones generales. Si se presentan como candidatos los mismos viejos dirigentes, hablar de democracia será una pantomima.